
El contenido de crímenes reales ha explotado en podcasts, documentales y plataformas de streaming a nivel mundial, planteando preguntas sobre la responsabilidad ética. Las familias de las víctimas hablan cada vez más sobre cómo se retrata a sus seres queridos, lo que genera un debate sobre quién debería controlar estas narrativas y si el consentimiento importa en la narración pública.