
A medida que los psicodélicos muestran promesas para tratar la depresión y el PTSD, los países enfrentan un cruce de políticas: restringir el acceso a entornos clínicos regulados o permitir un uso terapéutico más amplio. Esta tensión entre los protocolos de seguridad y la autonomía personal está remodelando la política de salud mental a nivel mundial.